Sobre el suicidio

Hace unos días leí un post titulado El asesino difuso, escrito por Raúl Gay en su blog Viajero a Ítaca. El asesino difuso al que se refiere es el suicidio y la lúcida reflexión que plantea el artículo me ha empujado a escribir sobre esta conducta autolítica, en gran parte tabú y temida por la sociedad pero familiar para los que trabajamos en salud mental.

Una de las ideas que expone el autor del post es la mayor frecuencia de suicidios en aquellos países con un nivel socioeconómico superior. Es cierto que los trastornos depresivos  y de ansiedad, que en algunos casos pueden conducir al suicidio, se dan más en entornos en los que la lucha por la vida no es necesaria, o al menos no es imperiosa. Cuando tenemos que buscar comida para subsistir, cobijo para guarecernos y estar alerta para no ser atacados por enemigos o animales, estamos lo suficientemente ocupados en sobrevivir como para no sentir ni pensar mucho más allá de lo que tendremos que hacer mañana para conseguir las mismas cosas. Podríamos pensar que en la Edad de Piedra seguramente no había depresiones. Otra situación de ausencia de bienestar es la guerra. En las guerras, el número de suicidios no es elevado, sobre todo si tenemos en cuenta el sufrimiento, la zozobra y la inseguridad que están asociados a las batallas y a la cercanía de la muerte. Pero, aquí también, el instinto de supervivencia parece impedir que las fuerzas se malgasten en cualquier cosa que no sea sobrevivir y estar alerta para huir o evitar el peligro. Cuando acaban las guerras y se recupera la paz es cuando parece que todo lo acumulado antes se desborda en los momentos que menos se espera, cuando se ha vuelto a vivir en casa, con la familia y los amigos, en paz y sin peligros. Son los veteranos de las guerras los que acumulan diagnósticos psiquiátricos (síndrome por estrés postraumático, ataques de pánico, abuso de alcohol y drogas, depresión, etc.) y cometen suicidio con relativa frecuencia.

Podríamos hacernos varias preguntas en cuanto al suicidio, por ejemplo: ¿Quién se suicida? ¿Puede hacerlo cualquiera? ¿Es una decisión personal? A mi juicio el suicidio, en general, no es una decisión libre. Por mucho que se quiera disfrazar bajo mantos de romanticismo en unos casos o de derecho individual en otros, lo cierto es que el suicida no suele actuar con libertad. La mayoría de aquellos que han intentado el suicidio y han fracasado, cuando han superado la crisis no se explican cómo fueron capaces de intentarlo. Por la misma razón podemos inferir que los que consumaron el suicidio habrían estado contentos de sobrevivir si hubieran fallado.

Muchos intentos de suicidio y suicidios consumados los llevan a cabo depresivos. La mayor parte de las depresiones no se asocian al suicidio. Sí a ideas de muerte y a pocas ganas de vivir, a indiferencia ante la posibilidad de morir, pero el deseo intenso de dejar de existir y los planes para matarse corresponden sobre todo a depresivos que padecen una depresión endógena o psicótica, tanto de tipo unipolar como bipolar. Un número significativamente alto de pacientes esquizofrénicos, un 10% aproximadamente, cometen suicidio. La causa, unas veces, son las alucinaciones auditivas en forma de voces interiores que ordenan el suicidio. Otras veces es la desesperanza que puede aparecer en momentos de mejoría clínica, al ser más consciente de las limitaciones que impone la enfermedad, la que empuja al paciente al suicidio. Los trastornos de personalidad, especialmente aquellos que tienen en la impulsividad un rasgo característico, como es el caso del trastorno límite o borderline de la personalidad, pueden desembocar en los casos graves en suicidio. En estos trastornos de personalidad no son síntomas psicóticos ni depresivos los que conducen al suicidio, sino episodios de ira, frustración, hipersensibilidad o suspicacia que, en personas con gran labilidad emocional y alto nivel de impulsividad pueden provocar reacciones “en cortocircuito”, pasando al acto sin reflexión previa.

El abuso de alcohol y de drogas tiene un papel importante en la comisión de suicidios. El alcohol produce una desinhibición que favorece las conductas impulsivas e irreflexivas en muchas personas. La mezcla de alcohol con otras sustancias puede empeorar el nivel de conciencia y la capacidad de juicio, hasta el punto de ser el factor desencadenante en múltiples comportamientos hetero y autoagresivos. La conjunción de abuso de alcohol y trastorno límite de personalidad es causa de muchos intentos de suicidio, ya que la embriaguez facilita la pérdida de control de impulsos propia de la patología borderline. Un número considerable de pacientes con dependencia alcohólica acaban suicidándose. La cocaína causa cambios bruscos de humor en los consumidores habituales, pasando de momentos de euforia a otros de irritabilidad, agresividad y depresión. La bajada de los niveles de cocaína en sangre se acompaña de sentimientos depresivos severos y suicidio en algunos personas. Las drogas y el alcohol pueden empeorar los síntomas de un trastorno depresivo, de tal forma que, aunque se trate de depresiones no endógenas, el paciente puede llegar al intento de suicidio o al suicidio consumado.

Puede haber más causas de suicidio, pero las que he descrito son las más comunes, las que nos encontramos generalmente detrás de un suicidio. Por ejemplo, una persona puede intentar suicidarse tras una frustración amorosa, pero esta frustración por si sola no suele ser causa, sino que es un factor que actúa sobre alguna de las patologías descritas antes. En otras palabras: una persona con cierto equilibrio emocional y sin trastornos psiquiátricos severos es muy difícil que cometa suicidio, y la hipótesis de alguien que, en plenas facultades mentales y emocionales, decide suicidarse en virtud de consideraciones metafísicas, religiosas, políticas o racionales, puede servir como modelo teórico, pero en la práctica no existe.

No considero como suicidios en sentido escrito los sacrificios heróicos tan frecuentes en las guerras ni los llamados suicidios colectivos, propios de sectas manipuladas por líderes y cuyos miembros, por otra parte, no suelen ser personas muy equilibradas.

Los hombres se suicidan más que las mujeres, en una proporción de tres hombres por cada mujer,  pese a que los intentos de suicidio son más frecuentes en el sexo femenino. La explicación de esto podemos encontrarla en la mayor agresividad de los varones, que suelen utilizar recursos suicidas más violentos y por tanto más eficaces en su objetivo: ahorcamiento, precipitarse desde una altura, disparo de arma de fuego, son maneras de suicidarse más frecuentes en hombres. Muchas mujeres recurren a medios menos violentos, como cortes en muñecas e ingestión de medicamentos. Los fármacos utilizados habitualmente como tranquilizantes y los antidepresivos de nueva generación no suelen ser letales como sí lo eran los barbitúricos utilizados en los años cincuenta y sesenta, los cuales tenían muy escasa diferencia entre la dosis terapéutica y la dosis letal. Por todo esto, la ingesta masiva de ansiolíticos suele quedar en intento y no en suicidio consumado.

De todo lo anterior podría deducirse que el suicidio, lejos de ser una opción personal libre, es una “locura”, dándole a la palabra locura el sentido de pérdida de juicio y de autocontrol. No quiero decir que no existan razones para que muchas personas entiendan la vida como algo doloroso y sin sentido, con la muerte como única seguridad y único destino. Lo que quiero decir es que solo por estos pensamientos nadie se suicida. Hace falta ese punto de “locura” que el inconsciente colectivo reconoce e identifica sin necesidad de que nadie se lo explique. Esta puede ser la razón por la que las familias de los que se han suicidado, en muchos casos, tratan de ocultar lo que ha ocurrido. Al fin y al cabo “saben” que el suicidado perdió el juicio y acabó haciendo una “locura”. Una locura doble, pues por una parte se quita la vida y por otra abandona, destroza y culpabiliza a las personas cercanas y queridas. Esto es muy difícil de asimilar para los que siguen vivos, es difícil de entender y soportar. Dos miedos primordiales en todas las civilizaciones, la muerte y la locura, se juntan en el suicidio.

About Javier Ruiz

Psiquiatra

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