Sobre la dependencia de las redes sociales

Se me ocurre escribir algo sobre la adicción a las redes sociales después del post anterior, en el que intentaba diferenciar el concepto de adicción o dependencia del de abstinencia. Si seguimos los mismos criterios, podemos hacernos una idea de hasta qué punto estamos enganchados a Twitter o a Facebook. No tendremos en cuenta el criterio de tolerancia ni el de abstinencia, pues ambos tienen una base farmacológica que, lógicamente, no se contempla en las adicciones sin sustancia.

Empezaremos, pues, por el ítem deseo intenso: el impulso imperioso y difícil de controlar que vence resistencias y voluntades. Imaginemos un propósito firme de no entrar en internet y, sobre todo, no abrir nuestra red social favorita. Para algunos puede ser una empresa relativamente fácil, para otros, imposible. En cualquier caso, la existencia de esa compulsión a conectarse bastaría para cumplir este criterio.

En segundo lugar tenemos la disminución de la capacidad para controlar el uso, en este caso, de la red social. Por ejemplo, se decide no entrar y se acaba entrando; se pretende entrar por un tiempo limitado y se sobrepasa casi siempre; o bien, una vez en red, no hay control sobre el tiempo y no se interrumpe la conexión pese a que sabemos que no deberíamos pasar tanto tiempo online.

En tercer lugar, abandono de otras actividades que tendrían que ocupar un espacio importante en la vida cotidiana de la persona. Por ejemplo, dejar de leer libros que desearía leer y que en otras condiciones habría leído, abandonar hábitos culturales (cine, teatro, etc.), dejar de practicar deportes, perder interés en las relaciones sociales sustituyéndolas por relaciones virtuales en la red y, en general, sea cual sea la actividad personal, social o laboral que se esté haciendo, aparición de ese deseo que empuja a cambiar dicha actividad por la conexión a la red o redes favoritas. En el caso de las sustancias, hablábamos de que se dedicaba mucho tiempo a la obtención de la droga, a su consumo y a la recuperación posterior de sus efectos. Aunque en las adicciones sin sustancia, como es la dependencia de redes sociales, no se dan las mismas condiciones, sí podemos observar que hay un interés quizá desmesurado en toda la parafernalia que rodea a internet en general y a las redes sociales en particular. Ya hay palabras que se refieren a esto, como nerd o geek, personas de algún modo obsesionadas con las nuevas tecnologías como tales, no solo con el uso que se haga de ellas.

Por último, persistencia de la conexión a la red pese a saber que ésta conducta nos está perjudicando. Es evidente que el abusar de internet no nos va a dañar el hígado como lo haría el alcohol, ni nos va a colocar como hace el cannabis, pero hay otra clase de perjuicios, como disminuir nuestro rendimiento si estamos conectados en horario laboral, o si prestamos más atención a los mensajes que recibimos que a lo que se dice en una reunión de trabajo, o manteniéndonos despiertos en la madrugada tuiteando pese a tener que levantarnos temprano para ir a trabajar, con el perjuicio de la falta de sueño y el consiguiente peor rendimiento. Internet y las redes sociales no ayudan a dormir como en ocasiones hace la lectura, bien al contrario, pueden desvelar y despejar como un estimulante, quitando engañosamente la sensación de cansancio. Como parece lógico, del exceso de uso de las redes puede derivarse un distanciamiento emocional de la pareja o de la familia y un empobrecimiento de la relación.

Llegando a este punto, y teniendo en cuenta que para hacer un diagnóstico de dependencia se han de cumplir al menos tres criterios, podemos observar que, aunque aquí no se tengan en cuenta los de tolerancia y abstinencia, los restantes items pueden darse en un buen número de aficionados a Facebook o Twitter (y dentro de poco a Google+). Imaginemos un usuario asiduo a una de estas redes sociales. No sería raro que tuviese ganas de conectarse, incluso que sintiese un deseo, como una tensión que se aliviaría conectando. Posiblemente, una vez conectado, tampoco sería extraño que estuviese online más tiempo del que en principio se había propuesto. Y, si está mucho tiempo en red, está claro que deja de hacer otras cosas que posiblemente debería estar haciendo o disfrutaba de hacerlas antes de haber conocido Twitter, por ejemplo. Tampoco nos extrañaríamos si este usuario tuiteara, chateara, investigara o explorara hora tras hora cuando tendría que estar durmiendo, o que respondiera a un mensaje mientras cruza un paso de cebra. Este recorrido por los criterios de la dependencia nos presenta a éste usuario asiduo como un adicto a las redes sociales con todas las de la ley. Esto es así en teoría, pero lo más importante y lo que le da sentido a un diagnóstico de dependencia es la mayor o menor intensidad de los síntomas anteriores; es decir, hasta qué punto esa conducta afecta al funcionamiento de la persona en los ámbitos de lo personal, lo familiar, lo laboral y lo social. Y esta es una valoración clínica que ya no es el objeto de este post.

About Javier Ruiz

Psiquiatra

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