Acerca de los ataques de pánico

Las personas que han sufrido “ataques de pánico” recuerdan muy bien cómo, cuándo y dónde fue la primera vez que experimentaron esta crisis. Muchas nos pueden decir que ese día, ese momento, marcó un antes y un después en sus vidas. Y esto es así porque el ataque de pánico, también conocido como crisis de angustia, suele aparecer sin avisar. No tiene porqué haber malestar previo, ansiedad o una especie de aura que nos ponga sobre aviso. Lo habitual es que la persona se encuentre invadida, de forma súbita e inesperada, por una sensación angustiosa difícilmente soportable y que aparece en momentos en los que nadie podría esperar esa sensación: puede ser que esté relajada en la terraza de una cafetería, o viendo una película o cenando con unos amigos, y de repente se siente como si fuese a morir. De nada sirven las palabras tranquilizadoras ni la voluntad de autocontrolarse, pues otra característica de los ataques de pánico es la sensación de pérdida de control: la persona nota que no es dueña de sí misma, que no puede dominar su miedo, y que está a merced de algo que es superior a ella. Así, los síntomas de los ataques de pánico están marcados por dos sensaciones paralizantes y muy angustiosas: la de miedo a morir y la de pérdida de control; y todo esto con el agravante de que no hay una causa externa que justifique este sufrimiento, por lo que podemos entender que la persona atribuya a un grave fallo físico, y no psíquico, lo que le está ocurriendo.

¿Cuáles son los síntomas más frecuentes en un episodio de ataque de pánico? Podemos decir que son de varios tipos, y referidos a diferentes partes del cuerpo. Por ejemplo, palpitaciones y sensación de falta de aire: el paciente se nota el corazón, se lo nota más de lo normal, late más rápido y mas fuerte, siente latidos fuera de ritmo (palpitaciones) y al mismo tiempo se siente como si le faltara el aire, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo para respirar. Podemos imaginarnos la desazón de una persona en este estado y también nos podemos imaginar lo poco que ayudan las palabras bienintencionadas cuando se está convencido de que se va a morir ahogado o de un fallo cardiaco inminente. A esto se añade una opresión en el pecho, como un peso que aumenta la sensación de dificultad respiratoria y que al paciente le hace sentirse al borde de un infarto, pues esta opresión es lo que uno se imagina que debe de ser un infarto.

A estos síntomas cardiacos y respiratorios se añade la inestabilidad, el mareo y la sensación de desmayo. Solamente son eso, sensaciones, pero tan vívidas e intensas que el paciente teme que en cualquier momento pueda caer al suelo, perder el conocimiento o sufrir un síncope. Se pueden acompañar de temblores y sacudidas, hormigueo en piernas y brazos, dolor de estómago y escalofríos o sofocos. Todo esto aumenta el dramatismo y la angustia de una situación, que, recordémoslo, no tiene una causa externa identificable.

Ya he comentado antes que el miedo a morir y a perder el control están presentes en este proceso, dominándolo y condicionándolo. El miedo a morir es lógico si repasamos los síntomas que conforman el ataque de pánico. La sensación de pérdida de control también, lógicamente, pero aquí se añade otra característica, que es la intensa angustia con la que se vive la crisis: además de la gravedad subjetiva de los síntomas, la angustia está presente en todo momento, y es una angustia con una cualidad diferente a la que podría tener una persona que realmente sufriera un infarto de miocardio o una embolia cerebral. Por esto, junto con la sensación de pérdida de control, el paciente puede temer “volverse loco”, y así es como lo verbalizan gran número de personas que han vivido un ataque de pánico. El miedo a morir y a volverse loco conforman el fondo sobre el que se presentan los síntomas psicofísicos de la crisis de pánico o de angustia. No es infrecuente sentir, en medio de todo esto, lo que llamamos despersonalización y desrealización: como si la persona se separase de sí misma y se observase desde fuera, al tiempo que todo el entorno, las cosas, las personas, los ambientes, adquieren una sensación de extrañeza, de irrealidad. Este estado de pseudodesconexión y terror puede durar varios minutos.

Pero aún hay otras penalidades en este trastorno, ya que las crisis de angustia no suelen ser únicas, generalmente se repiten. Pueden ser un episodio único cuando son provocadas por un suceso traumático o por consumo de drogas como la cocaína, el cannabis o los alucinógenos. Pero cuando forman parte de lo que en psiquiatría se diagnostica como trastorno de angustia o de pánico, la norma es que, dejado a su libre evolución, el proceso se autoalimenta y las crisis se van repitiendo. Así se desarrolla un estado de ansiedad mantenido que llamaremos angustia anticipatoria: lo peor ya no son solo las crisis, por incapacitantes que sean, sino un estado mantenido de miedo, inseguridad y sufrimiento ante la posibilidad -y el convencimiento- de que, en cualquier momento, vaya a desencadenarse un nuevo ataque. Se temen especialmente aquellos momentos en los que se está solo y por tanto sin posibilidad de recibir ayuda en caso de crisis: salir solo a la calle, viajar, ir al cine, subir en ascensor, quedarse solo en casa, estar solo por la noche…Y los temores pueden hacerse mas intensos, mas frecuentes y relacionados con prácticamente cualquier situación, como ir a trabajar, pasear, ir de compras, etc. La amenaza permanente de la siguiente crisis hace que, después de un tiempo de sufrirlas, la persona no pueda sentirse relajada en ningún lugar ni circunstancia. Un desasosiego que solo se interrumpe -para peor-, cuando se desencadena un nuevo ataque.

¿A dónde conduce todo esto? Lógicamente, quien sufre un trastorno de pánico está abocado a desarrollar una depresión a medio plazo. La desazón, la ansiedad, el miedo y la inseguridad van destruyendo las defensas psíquicas, y la desmoralización, la apatía, la tristeza y la pérdida de interés y de autoestima aparecen en primer plano. Y todo esto, tengámoslo en cuenta, ante la incredulidad de propios y extraños, ya que las pruebas médicas diagnósticas no descubren ninguna anomalía: los TAC y las resonancias magnéticas demuestran que el cerebro y el resto del sistema nervioso central funcionan correctamente; los electrocardiogramas y ecocardiogramas nos descubren un corazón sano; las endoscopias revelan un aparato digestivo sin anomalías, y radiografías, analíticas de sangre y orina y exploración general no hacen mas que confirmar la salud física del paciente. Frases como “¿no será que tienes mucho cuento?” o “tienes que poner más de tu parte” o “lo que tienes que hacer es tranquilizarte” y otras por el estilo, lugares comunes que se utilizan cuando no se sabe qué decir o no se cree en lo que dice el paciente, son los comentarios habituales en estos casos.

Si nos preguntamos por la causa de estos episodios (el protagonista de los mismos no hace otra cosa, sin encontrar respuesta) y buscamos en la literatura científica cuales pueden ser los factores psicológicos, físicos, bioquímicos o ambientales que los provocan, veremos que no existe causa conocida. Por supuesto, no podemos incluir aquí las crisis a consecuencia del abuso de drogas, ya que en estos casos, y en los de las crisis por otra causa orgánica conocida, no estaríamos ante ataques de pánico en sentido estricto, sino ante intoxicaciones por sustancias (por ejemplo, intoxicación por cocaína) o ante una enfermedad médica (por ejemplo, hipertiroidismo). Hay muchas teorías, hipótesis e inferencias, pero ninguna es definitiva. Hay infinidad de circunstancias psíquicas y físicas implicadas, pero ninguna puede ser señalada como factor causal de la misma manera que la falta de insulina es causa de la diabetes.

Cuando tenemos un gran sobresalto, un susto, un peligro inminente, todos podemos tener unos síntomas bien conocidos: aumento de la frecuencia del ritmo del corazón, palpitaciones, sensación de ahogo, inestabilidad, confusión, diarrea, temblor, sudor, hormigueo, etc., y en la base de todo esto, miedo o angustia intensos. ¿Quién no ha sentido alguna vez algo parecido a lo que acabo de describir cuando ha sufrido un buen susto? Y los síntomas provocados por este susto, ¿no son prácticamente los mismos que los del ataque de pánico? Parece que así es, pero hay una gran diferencia entre ambos: el susto, el sobresalto, la amenaza inminente, tienen un motivo y una razón evidentes para el sujeto, como puede ser un accidente de tráfico, un ataque por sorpresa, un asalto, etc.; mientras que el ataque de pánico se da en situaciones de plena normalidad, por lo que carece de motivo y esta alejado de toda lógica, lo cual es vivido por el paciente con sensación de impotencia y falta de control, sintiéndose desvalido y a merced de fuerzas desconocidas. El sobresalto por un acontecimiento traumático inmediato es comprensible para la persona accidentada o amenazada. El ataque de pánico no es precedido por ningún acontecimiento que pudiera provocarlo, lo cual lo convierte en una vivencia incontrolable emocionalmente.

Pero, si no podemos conocer la causa del trastorno de pánico, sí podemos saber qué es lo que está pasando en el sistema nervioso cuando aparece una crisis. Es decir, no conocemos la etiología (causa) pero podemos saber más de la fisiopatología (qué ocurre en el sistema nervioso para que aparezcan los síntomas de la crisis). Trataré de explicarlo con la mayor sencillez posible. Hay una parte del cerebro, llamada locus coeruleus, que interviene directamente en las reacciones de miedo: al producirse una amenaza, el locus ceruleus descarga unas sustancias que provocan reacciones corporales y psíquicas de alerta, lo cual facilita tanto la percepción del peligro como la huida o la protección del mismo. Estas sustancias son neurotransmisores adrenérgicos, y los más implicados en este proceso de alerta son la adrenalina y la noradrenalina. Pues bien, en el ataque de pánico, el locus coeruleus descarga noradrenalina sin que existan señales objetivas de amenaza, como si el mecanismo autorregulador y mediador del sistema cerebral de alarma estuviera descontrolado y obedeciese a órdenes inexistentes. Los síntomas de la crisis de angustia son la consecuencia de una descarga indiscriminada de neurotransmisores adenérgicos.

Llegando a este punto, la pregunta que surge es: ¿Son psicológicas o son físicas las crisis de pánico? ¿Se debe seguir diciéndole al paciente que no le pasa nada, que son todo nervios y que tiene que controlarse mejor, o se ha de reconocer que los ataques son una reacción química y por lo tanto la persona no tiene capacidad por sí misma para evitar el malestar y la angustia? Esto nos devuelve a la eterna cuestión de la psiquiatría desde sus inicios: la dicotomía cuerpo-mente. Los ataques de pánico son una excelente referencia desde la que se puede refutar dicha dicotomía y cambiarla por una visión unitaria, es decir, aceptar la imposibilidad de separar lo físico de lo psíquico, ya que están tan íntimamente imbricados que forman una unidad sobre la que actúan multitud de factores. Por una parte, los ataques son un hecho físico, pues la descarga de noradrenalina es la que genera todo el cortejo sintomático de la crisis, por lo que no la consideraremos como “nervios” que puedan ser dominados con la voluntad, ni sensaciones subjetivas debidas a autosugestión o a reacciones histéricas. Por otra parte, muchos estímulos y condicionantes psíquicos desencadenan y mantienen las crisis, estableciéndose un circulo vicioso y desarrollando la ansiedad anticipatoria. Si lo pensamos bien, esta concepción unitaria de lo humano referida a las crisis de pánico no es muy diferente de otras enfermedades no psiquiátricas, como pueden ser la psoriasis, el infarto de miocardio o la ulcera duodenal, en las que, además de las lesiones físicas, se consideran factores psicológicos, ambientales y sociales que influyen en la evolución y en la gravedad de esas patologías. ¿Porqué no vamos a aplicar a los trastornos psiquiátricos el mismo rasero que el que se utiliza para las enfermedades médicas en general?



About Javier Ruiz

Psiquiatra

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